Me pregunto qué será de ti, cuando nadie vaya a salvarte.
Me pregunto qué pasará, cuando tu reflejo sea singular, después de haber sido conjugado en tercera persona tantas otras veces.
Tú, que te balanceas desde ese pulcro árbol de serenidad y estabilidad, sin opción de tocar el suelo.
Tú, que no sabes caer si no es sobre una mullida almohada, mirando a ambos lados a la espera de esas palabras de consuelo que, tal vez, lleguen a sanar tus inexistentes rasguños. El cuento de quien se adentra en las fauces del lobo con una linterna, tentando a la suerte por enésima vez...
No entiendes la vida si no va acompañada de un "Bien hecho"; palabras vacías que pierden su fuerza al ser pronunciadas. Falso regocijo, al creerte héroe de tus imaginarias acciones.
Vago entre la rabia y la obligación de abrirte los ojos. Que no es el mundo como lo pintas. Que no es tu reflejo como te hacen creer que es... Mienten.
Cansada de meterme en unos pantalones que me están grandes, con miedos extrapolables de andar por casa, de sonrisas fingidas cuando escucho en silencio tu nombre, y todo lo que haces... Me da la risa, y me tiembla el pulso al ver recompensadas todas tus penas, con esos ojos puestos en órbita al romper el jarrón de humo.
Con esos aires de niña buena estudiada y correcta.
Con esas lágrimas de cocodrilo saladas, que se evaporan en segundos.
Tú, y la suerte vomitada sobre quien se niega a madrugar los días pares de cada mes.
Tú, y la estructura del yo, que dejó moribundos y sin balas al ello y al superyó.
Tú, y el egocentrismo latente en el kilómetro cero de tu ombligo.
Tú, te, ti, contigo.
Tú, te, ti, contigo.