martes, 17 de noviembre de 2020

Nicotina

Fumo deprisa y a oscuras, 
mientras la luz intermitente de la colilla
ilumina los 8 centímetros que separan
mi yo de ahora, 
la que está sentada,
en medio de un noviembre bisiesto y caluroso,  
de mi mente enturbiada, 
la que no sabe separar el caos interno
del resto del envoltorio. 

Encerrada entre cuatro paredes mal ventiladas,
culpando al amanecer de nunca llegar a tiempo, 
rozo el humo que exhalo con soltura
y se disuelve en el aire, 
entre mis dedos,
como acto reflejo de mi parpadeo nubloso. 

Y ya no se si son mis miedos los que se esfuman,
o si es la nicotina acechando a mi cerebro 
con su efecto mariposa, 
el cigarrillo que se consume a 6 centímetros de mi aliento, 
desatando un desastre más allá de mis fuerzas.

Será problema de mi yo del futuro,
de mi yo sentada en medio de una cama desnuda, 
de las notas de los Stones que sanan de fondo, 
de la luz que va acortando la distancia, 
de los 3 centímetros que separan mis labios del fuego. 

Y sigo fumando nerviosa, 
esperando el final que no quiero que llegue,
pensando en cuantos vendrán después,
en cuantos se marcharon antes de ser ceniza...

Inhalo un último momento de calma
entumeciéndose mis pensamientos, 
sabiendo que al acabar no encontraré el mechero, 
como siempre, 
y me sentiré perdida, 
como nunca. 

domingo, 12 de enero de 2020

Corriendo con tijeras.

  Es ahora, mientras sigo ocupada con el astillamiento de mi ser, cuando te echo a un lado, te alejo, observo y examino, sin encontrar las razones para esperarnos.

   Te finjo helado, ausente, para ayudarme a tomar una decisión en la que no creo. Para terminar de romperme desde dentro y arrastrarte. Para seguir sin confiar en nada de lo que susurras.

   Y mientras tanto tú... A diez centímetros de mi, haciéndote herida.

   Desgarro, grito, angustio tu nombre imperfecto, apelando al puñal que sangra las caricias que ya no serán, las que nos hemos dado, pero que ya no quiero, y las que sólo podrán recordar las páginas dobladas de los versos que nos dedicamos con las luces apagadas.

   Y ya no hay más. Ni versos, ni noches prohibidas que nos recuerden.

   Atea, sin fe en la que refugiarme, pierdo el consuelo, y la poca razón que me queda por reencarnarme en tus brazos. De ser sin ti, contigo, a pesar de ti, alejada del huracán de tus labios que es adrenalina y anestesia los domingos por la mañana.

   Y me pesa el echarme de menos, el esconderme corriendo en dirección prohibida, cobarde de mi. Valiente sinsentido.

   Huyo, y arden tus ganas de ser en mi boca. Huyo, y surgen mis miedos de poder morir sin remedio en tus labios. Huyo, creyendo refugiarme en los temblores de mi cuerpo cuando bajas la mirada. Huyo, y no hay nadie que me persiga...

   Sólo yo.