domingo, 12 de enero de 2020

Corriendo con tijeras.

  Es ahora, mientras sigo ocupada con el astillamiento de mi ser, cuando te echo a un lado, te alejo, observo y examino, sin encontrar las razones para esperarnos.

   Te finjo helado, ausente, para ayudarme a tomar una decisión en la que no creo. Para terminar de romperme desde dentro y arrastrarte. Para seguir sin confiar en nada de lo que susurras.

   Y mientras tanto tú... A diez centímetros de mi, haciéndote herida.

   Desgarro, grito, angustio tu nombre imperfecto, apelando al puñal que sangra las caricias que ya no serán, las que nos hemos dado, pero que ya no quiero, y las que sólo podrán recordar las páginas dobladas de los versos que nos dedicamos con las luces apagadas.

   Y ya no hay más. Ni versos, ni noches prohibidas que nos recuerden.

   Atea, sin fe en la que refugiarme, pierdo el consuelo, y la poca razón que me queda por reencarnarme en tus brazos. De ser sin ti, contigo, a pesar de ti, alejada del huracán de tus labios que es adrenalina y anestesia los domingos por la mañana.

   Y me pesa el echarme de menos, el esconderme corriendo en dirección prohibida, cobarde de mi. Valiente sinsentido.

   Huyo, y arden tus ganas de ser en mi boca. Huyo, y surgen mis miedos de poder morir sin remedio en tus labios. Huyo, creyendo refugiarme en los temblores de mi cuerpo cuando bajas la mirada. Huyo, y no hay nadie que me persiga...

   Sólo yo.

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