sábado, 2 de junio de 2018

Hazlo

   Yo siempre fui, a pesar de mi existencia. Y ahora, a pesar de la poesía, los que alguna vez me dijeron te quiero, luchan por ser reales fuera de mis recuerdos. Y no se quién ganará esta guerra. Y no se quién se salvará de esta muerte anticipada, anunciada y masticada por todos nosotros en la sobremesa de los domingos. Y sigo sin saber, aunque lo intente, a quién le llegará a importar toda esta basura bélica que sólo existe en mi cabeza. Que las risas se hacen eco por las noches, y los dedos señalan indecentes, a través de las paredes...
   La diferencia marcada entre seguir el ejemplo, y seguir, por ejemplo, aunque te salgas de las líneas que alguien sin cara puso ahí, y que sin poder hablar, te dejó sin voz tantas veces. Maldito orden preestablecido. Maldito dos veces, por establecer mi desorden como algo a erradicar. Maldito una vez más, por hacerlo mantra de andar por casa, y obligarme a caminar pegada a las paredes. Maldita yo mil veces, por tatuarlo a fuego en el dorso de mi mano derecha, que la izquierda está ya cansada de mirar desde el ángulo muerto de mi cuerpo. Conmigo, aunque me duela. 
   Y si tienes que hacer, hazlo; o deshazte. Inténtalo. Muere y resucita las cifras impares que te venga en gana, que casi siempre serán insuficientes, y el resto del tiempo te acusarán de jugar con ventaja. Ríete, no queda otra. Y si tienes hacerlo, hazlo alto. Ahógate en sus miedos, déjales sin habla mientras te miran desde arriba, porque siempre se creerán con el derecho de estarlo, aunque escupan a ras suelo, y sus palabras viajen en metro. 
  Y si tienes que consumirte, hazlo. Podrás ser vela encendida, mientras trepo por tu garganta en busca de algo que poder respirar. Sin que ese humo se me escape de entre los pulmones al ritmo de tus palabras sin sentido del ridículo, ni del humor de perros del que presumes en medio del temporal. 
   Y si tienes que fingir, hazlo. Túmbate, hazte el muerto. Hazme una señal de simple intención, y te improviso noches de verano con olor a mar, en estos 20 m2 de suelo, con vistas al asfalto y al tráfico de madrugada. 
   Y así seguiremos haciendo gala de las voces que nos ponen la zancadilla. De la sed que asfixia al pasear por el centro en pleno verano, sin sombra en la que esconderte. Del frío a llegar, cuando hace años que se han marchado todos. De jugar sola en ésta, mi ciudad sin mar en el que nadar. De naufragar ese mar tuyo, sin orilla en la que ahogarse.