domingo, 11 de octubre de 2015

¿Seguimos jugando?.

   Cayó la noche, y con ella la primera bomba. Los militares nos empujaban contra las paredes, impidiéndonos el paso, mientras no podía alcanzarla por mucho que alargara el brazo, los dedos, casi está, sólo un poco más...
   Cae la siguiente lluvia de escombros, golpeando a todo aquel que intentaba escapar, queriendo llegar a un lugar seguro; pero ésta época que nos ha tocado vivir no se anda con chanzas.
   La pierdo entre el barullo, apenas puedo verla.
   Se precipitan la tercera y la cuarta bomba.
   La llamo, grito su nombre, mientras mi cara sigue pegada a la fría pared de ladrillo rojo medio derrumbada. 
   Ya no la oigo. Ni a ella ni a nadie, excepto un pequeño zumbido en el oído producido por una explosión cercana. Y, eso, es todo lo que escucho: silencio. El más profundo vacío. Mis pensamientos algo perturbados.
   Me pregunto dónde estaba yo, por qué no he podido hacer nada. Mi hermana... No debe estar lejos, he de encontrarla.
   Los militares ya no me sostienen, y caigo al suelo aturdida. A mi alrededor, gente desorientada que corre en todas direcciones, pero mi mirada sólo se fija en un punto, inevitablemente, cómo si se hubiera accionado un resorte.
   Y lo vi, aunque no quería asimilarlo. Lo vi, aunque no podía creerlo...Me negaba a creerlo. El casco que llevaba mi hermana, el de soldado que le habíamos regalado para que creyera que todo era un juego. Que las bombas que se precipitaban desde el cielo, eran enormes copos de nieve, y que los propios soldados no eran más que niños jugando a ser mayores.
   Pero, ya no podíamos jugar más a las guerras, porque ella ya no estaba, y yo, me quedaría sumida en el más absoluto silencio,

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario