Cuándo la vida frena, te da un respiro y deja que disfrutes de las vistas; te aferras a todo aquello que quieres, que anhelas, y dejas un gran resquicio a la esperanza. Todo eso ocurre cuándo me miras. La vida se para, y me paro con ella.
Un paso más, me alejo del abismo que supone una vida sin ti, una existencia vacía truncada por el momento en el que me crucé contigo. Las risas, que de alguna forma, ahora suenan tan distintas y llenas, y las canciones, que sin querer, hablan de nosotros.
Tu espalda, mapa estrellado que conozco de memoria, que recorro con la punta de los dedos y hago casa. Tu boca, que literalmente crea vida, y tus ojos que harían enloquecer a cualquiera. No encuentro las palabras adecuadas para describirte. Me resulta tan difícil compararte con algunas de mis heridas, que yerro en mi afán de hacerte poesía, y de dibujarte en cada una de las paredes de mi casa.
No sólo eres tú, es quién soy yo cuándo pienso en ti. Quién se supone que soy, cuándo pestañeas y apartas tímidamente la mirada un instante, y nuevamente clavas tus ojos en los míos. Quién se supone que soy, cuándo me guiñas un ojo, y me pides que nos vayamos lejos de esas personas, a dónde nadie pueda rodearnos. Quién se supone que soy, cuándo me coges de la mano, y me avisas entre dientes, que vamos a echar a correr como locos calle arriba, que nadie nos va alcanzar; y quiénes se supone que somos, cuándo entre el barullo de la plaza, me acercas a ti y me regalas un beso. El planeta no cesa de girar, y la vida a nuestro alrededor nunca me pareció tan estática.
No hay comentarios:
Publicar un comentario