La vida te sorprende haciendo las cosas del revés, y ya lo dijo Fito, no sabes si eres tú el que está cabeza abajo, y persistes en tu empeño de acabar la película. De saltarte los capítulos del libro, de leerte el final y continuar con el epílogo, como Rayuela.
Ya no sabes de que va la historia, pero te da igual. Bailas por los callejones de vuelta a casa cada madrugada, tropezando en los bordillos y en algún que otro "Te quiero" mal entonado, de los que no se recuerdan por la mañana.
Exprimes todo lo que tienes, cada segundo, y te guardas las ganas por si te quedas corto. Inmortalizas el momento a través de un filtro, y rezas porque sea alcanzado por cientos de corazones. Deshojando las margaritas desde el sofá, por si alguien le da a un botón, y te alegra la tarde.
De sonrisas fingidas en la barra de algún bar, o de cómo contar lo que no alcanza a ver la pantalla de tu teléfono. Eso de descubrir el mundo con los ojos escondidos.
Y saltas en ése sofá. En pijama y con la música a todo volumen. Con los vecinos llamando a la puerta y fundiendo el timbre, mientras hundes la cabeza entre los cojines cantando. "Dos whiskey con naranja y unas patatas fritas, para reírnos de lo perra que es la vida". Creyéndote estrella en el salón de tu casa.
Curtida en mil despedidas al filo del andén, y especialista en palomitas de microondas, que aplaude los imprevistos cuando cree que nadie mira.
Escribiendo frases inconexas en los bordes del periódico. Creyéndote Neruda al encontrarles el más mínimo sentido. Corriendo por la vida con los cordones desatados y el pelo suelto, aspirando al infinito, sin tener que tatuarte un ocho en el tobillo.
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