La de veces que he querido perderme. Salir de todo esto, prepararme una pequeña maleta, bueno, no os voy a mentir, no se hacer maletas pequeñas, y menos aún si son para un viaje del que, a lo mejor, no querría volver.
Porque cuando te das cuenta, de que en sólo dos años, has perdido esa chispa; esa esencia que tanto marcaba tu vida y que, ¿por qué no?, te hacía sentir un poco más especial que al resto del mundo.
No he parado de pensar, a dónde me iría. No he dejado de imaginarme de que llenaría la gran maleta; qué cosas me acompañarían, y que otras se quedarían esperando a mi regreso olvidadas en una fría habitación.
He estado a punto muchas veces de correr ese riesgo, de coger el tren que me llevaría a ese refugio que quiero pensar que tengo. El equipaje se quedó preparado encima de la cama en una ocasión, esperando a que aflorase en mi ese coraje, el de poder coger la puerta y mandarlo todo al pasado de una patada. Pero me frenó esa voz en mi cabeza que sólo piensa en el lado sensato de las cosas. Aunque la sensación de querer desaparecer...bff... demasiado tentadora.
Creo que siempre me ha encantado la idea de poder perderme una temporada. Perderme. Sin móvil, sin compañía, sin Internet. Hacer marcha y vida nueva.
Algún día me sorprenderé a mi misma saliendo por esa puerta de madera, echando la llave al cerrojo, y sin mirar atrás. Algún día no muy lejano estaré lejos. Me gusta ese juego de palabras.
Y, ¿si me quiero perder?.
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