A ella le encantaba vivir al compás de las manitas del reloj. A veces, incluso cambiaba el ritmo de los segundos para adecuarse a cada situación.
Sólo un: Tic-Tac, Tic-Tac, y se ponía en movimiento. Con esa sonrisa.
Ella era alegre, le encantaba reír. Con sus pies en las nubes, y su mente con las estrellas. Era tan auténtica... Y tan guapa...Joder, era preciosa.
No había nada que le hiciera sombra, y ella, al pasar, ajena a lo que despertaba en todo aquel que la veía, miraba al frente... Y brillaba más que cualquier chica de la ciudad. Qué chica.
Cuentan que jamás la vieron llorar. Que se levantaba tras cada caída, se lamía las heridas y volvía a la carga. Una y otra vez. Una y otra vez. Con su cara de niña dulce, no piensas en lo bien escondidas que lleva las cicatrices. Con su gran picardía, le saca la lengua al mundo, se burla de él, y gana.
Se enamoró un día, sin cinturón de seguridad. Saltaron todas las alarmas y se cerraron las puertas. Y es ahí cuando el reloj se paró. Las manitas se detuvieron. El Tit-Tac cesó. La chica analógica, la de la boca bonita, pasó a ser una chica digital, con la alarma programada, pendiente de todo el mundo, menos de aquello que le hacía sentirse viva.
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