sábado, 1 de octubre de 2016

Otoño.

   Llueve, y otra vez es Otoño. El frío vuelve a salvarnos. Tú, tapada hasta la nariz. Debajo de la manta todo parece mejor.
   Calcetines por las rodillas y pantalón corto, acompañan al primer café de la mañana. Oasis suena en la cocina. Unos pies torpes que intentan seguir el ritmo. Unas tostadas con mantequilla, que se enfrían encima de la mesa.
   Sale el Sol, y sigue siendo Otoño. Aprovechas la tímida franja de luz que entra por la ventana. Piensas que aún estás a tiempo de coger algo de color. Fuera la ciudad vibra. No quieres ir al trabajo hoy.
   Duchas rápidas, y mensajes en el espejo empañado del baño. Canciones lentas que recreas como un videoclip. La sonrisa puesta, de quién te espera al otro lado de la cama, y por la que algún día dijiste no poder salir de ella.
   Llueve, y esta vez, corres por la calle. Pisas los charcos que tus zapatos no pueden tocar, y los taxis calan, aunque pasen de largo. Chupa de cuero que brilla con el rocío bajo las farolas. Pantalones pitillo que se ciñen aún más a tus piernas.
   Nublado, es Otoño, y el metro está lleno. Llegas a tiempo, te sobra la chaqueta y el rubor alcanza tus mejillas. Con el pelo empapado, el corazón latiendo fuerte, y el mundo callado porque en tus auriculares suena "Turnedo". Nadie como Ferreiro entiende los días de lluvia, y te dejas comer por la estación, que desaparece en los reflejos de los cristales.
 




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