sentada entre mi Pop comercial, y tu voz invernal,
con esa luz fría, que nos ata en corto las entrañas
al enredarnos entre las sábanas de un Domingo rojo cualquiera.
Porque ahí fuera ha estallado una guerra, y las balas
se precipitan desde el cielo, buscando el brillo
de una coraza para poder hacerla faro al que seguir, y
llegar a la orilla de tus costillas sin tener que naufragar.
Coso con cuidado los puntos ortográficos de tu espalda,
los que unen tus dudas con las mías, y quizá así
pueda hacernos valientes de andar por casa, para
poder parar la lluvia que amenaza contra los cristales.
Cuento los recuerdos tomados en forma de Polaroids,
antes de que amarilleen con el frío del Otoño, y se
caigan de la nube que flota sobre nuestras cabezas,
la que no me deja leer más allá de la geografía de tu cuello.
Me cuelgo de tus pestañas, acostumbrada a la herida abierta
por luchar en tus labios con la musa de tus metáforas,
y me conviertes, a mí, en pronombre personal que
poder recitar cuando te viene en gana. "Ella, y su locura".
Fundo mis dedos en tu pelo, sin importarme las batallas,
y me creo capaz de encontrarle sentido a cada disparo en las trincheras,
porque tu me creíste con fe ciega, cuando hace tiempo
que me declaré atea de mis propias decisiones.
Avanza el Domingo, en medio de esta ciudad en ruinas,
me estiro libre desde el lado frío de mi almohada, y al caer
la noche me haces rehén en tu boca, mientras me prometes
que ganaremos esta guerra, sin sangrar más de la cuenta.
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