sobre todo a nivel emocional,
que me salto los semáforos en rojo
sin importarme las alarmas,
y me doy cuenta que el cinturón de seguridad
no me agarra mucho más que tus manos.
Yo, que le silbo en la cara al caos
porque se ha dejado un trozo de mi sin recoger,
y me ordeno a medias cada noche
antes de dejar algún imperativo en la recámara.
Me salto por encima, me evito a sabiendas,
me hiero y me desgasto con tu pronombre.
Yo, que por miedo a romperme
con cada suspiro mal entonado de mis labios,
resucito cada vez que me viene en gana,
en medio de este incendio provocado
por tu forma de decirme que te alegras de verme,
que sigo sin ser capaz de entenderte.
Yo, que no sé cuando tus palabras llevan veneno,
o cuando simplemente muerdes para marcar,
y me alejo impaciente de tu parpadeo
para evitar de una vez, que me arrastre con él...
Cuando aprendí a atraparme al vuelo
cada vez que levantabas la mirada de tu libro.
Yo, que me tacho, me subrayo,
me marco con una interrogación eterna
sigo sin saber cómo he de comportarme a nivel gramatical.
Me desnudo a ciegas en mi sangrar constante,
acostumbrada ya a la herida abierta en mi pecho
que me recuerda impaciente por dónde he de huir.
Yo, que luché porque me pensaras a destiempo,
dudo consciente de mi propia mirada
por esas letras puñales que nunca leí en tu guión.
Y soy yo, que me desgasto a gritos,
me salto las palabras justas para seguir,
y le declaro la guerra al que mira impaciente desde el espejo.
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